
Practicar el hábito de dirigirse a uno mismo palabras cálidas no es algo fácil para todo el mundo. En particular, en los pacientes con trastorno límite de la personalidad (TLP), donde el autojuicio y las dificultades para regular las emociones destacan desde el principio, la meditación de autocompasión suele chocar con un muro. El equipo de investigación de la unidad de trastorno límite de la personalidad del Hospital Sant Pau de Barcelona (España) presentó en la revista académica internacional ‘Psychiatry Research’ los resultados de este estudio piloto, el 16 de julio.
Oxitocina en la nariz, justo antes de meditar
El equipo dividió a 18 participantes con diagnóstico de TLP en dos grupos de 9 personas. En uno de ellos se administró oxitocina, 24 unidades internacionales (UI), mediante spray nasal; en el otro, se aplicó placebo, y después se llevó a cabo una meditación guiada de autocompasión de 15 minutos. Este procedimiento se repitió una vez por semana durante cinco semanas. Tanto los participantes como el personal investigador desconocían cuál de los tratamientos correspondía a un fármaco real, y el diseño se hizo en doble ciego.
La calidad de la meditación se midió con la ‘Compassion Practice Quality Scale’ (Escala de Calidad de la Práctica de la Compasión). La meditación de autocompasión incluye el proceso de visualizar imágenes cálidas en la mente y permanecer en esa sensación, y qué tan bien se logra esta inmersión en las imágenes fue un indicador clave.
77 frente a 67 en la puntuación de las imágenes
Los resultados muestran que la puntuación media de inmersión en imágenes en el grupo de oxitocina fue de aproximadamente 77 sobre 100, mientras que en el grupo placebo fue de alrededor de 67. La diferencia ajustada fue de 23.98 puntos, con eta cuadrado parcial de .57, lo que supone en esta muestra un efecto grande. El equipo afirmó que los participantes que recibieron oxitocina reportaron en términos relativos menos dificultades en la práctica de la compasión.
La oxitocina es una hormona conocida por su implicación en el apego y los vínculos sociales. La hipótesis del equipo es que esta hormona reduce el umbral del proceso de evocar sentimientos cálidos hacia los demás y hacia uno mismo, ayudando así a realizar mejor la propia meditación.
No se mide la mejora de los síntomas, sino la ‘calidad de la práctica de la meditación’
La muestra de 18 participantes es de un tamaño de prueba preliminar. El equipo presentó estos resultados como una etapa para comprobar la validez de la investigación posterior, y no como una base de eficacia terapéutica. Además, hay que tener en cuenta que el objetivo principal era la ‘calidad de la práctica de la meditación’, no la mejora de los síntomas, y que el periodo de observación fue breve, de cinco semanas.
El significado está en otro lugar. Se trata de un intento de diseñar, aparte, una forma de reducir esas barreras cuando se lleva un programa de meditación a la práctica clínica: preguntarse por qué, para algunas personas, este método no funciona, y cómo hacerlo posible. En un contexto en el que los programas basados en mindfulness (atención plena) también aumentan en hospitales y entornos de asesoramiento del país, es una investigación que puede derivar en un debate sobre cómo ayudar a las personas para quienes participar ya de por sí resulta difícil.
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